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¿Es mi opinión suficientemente válida?

Durante prácticamente toda mi vida he considerado que mi opinión no era merecedora de ser conocida por todo el mundo. ¿Para qué iba a dar yo mi opinión? ¿Para qué iba a hablar sobre cosas sobre las que otra gente hablaba, cuando me iban a comer con patatas por mis argumentos? ¿Realmente merecía la pena dar a conocer mi opinión, exponerla y exponerme a mí misma a las fauces de los lobos que empiezan a morder cuando oyen algo con lo que no están de acuerdo?

Durante mucho tiempo, la respuesta a todas era pregunta era una y sencilla: no. No, no merece la pena. No, tu opinión no vale la pena. No, lo que tienes que decir no es interesante o importante. No, las cosas que dices no valen nada. Y así continuamente.

No voy a negar que me encanta hablar. Quien me conoce, sabe que me encanta. Y también que me gusta escuchar. Me encanta saber lo que tienen que decir los demás, aunque sea de los temas más banales, porque escuchando te enriqueces como persona y es como aprendes más cosas. Pero siempre me he quedado en el escuchar. Durante muchos años, no he participado en los debates con mis propios amigos porque consideraba que alguien del grupo tenía cosas más interesantes que decir al respecto que yo. Aunque fuera de mi propio campo de estudio.

¿Y todo por qué? La respuesta, una vez más, vuelve a ser sencilla: porque me menosprecio continuamente. Menosprecio mis palabras, mis ideas, mi aspecto, mi cuerpo. Menosprecio todo lo que tengo que ofrecer y claro, si empiezo yo a menospreciarme, ¿cómo van a tener los demás en cuenta algo mío? ¿Cómo van siquiera a oir, ya no escuchar, lo que tengo que decir, si ni yo misma confío en mis propias palabras?

Aun sabiendo el problema, nunca me esforcé por darle solución. Porque, ¿para qué? No merecía la pena. Me había acostumbrado al continuo silencio y a la continua escucha. Era un lugar de anonimato cómodo, incluso en mi propio grupo de amigos. Y también era cómodo para los demás, supongo, porque nunca me preguntaron al respecto. Tampoco me planteé salir de ahí porque, ¿para qué? La confort zone se llama así por algo.

Pero hace poco me lo volví a pensar. Empecé a publicar fuera de la confort zone. Y dije, ¿qué coño? Tengo cosas que aportarle al mundo. Y empecé. Posiblemente haya sido una de las mejores decisiones y determinaciones que he hecho en los últimos meses. Puede que no le importe a nadie lo que tenga que decir en este blog o en otros espacios, pero para mí es importante y por eso lo hago. Me gusta. Estoy a gusto.

Y voy a dejar clara una cosita. Ahora que he dado el paso de valorar mi propia opinión, de darme cuenta de que es igual que cualquier otra opinión del mundo, ni nada ni nadie va a cambiar eso. Mi opinión merece la pena ser escuchada del mismo modo que la tuya lo es. Mi opinión merece el mismo respeto y atención que la tuya. Y si no te gusta mi opinión, no es mi problema. Si no te quieres enfrentar al hecho de que no todos tienen tu misma opinión, no es mi problema. Si no quieres escuchar mi opinión, no es mi problema.

Yo voy a seguir dando mi opinión, porque es suficientemente válida.

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4 thoughts on “¿Es mi opinión suficientemente válida?”

    1. Exactamente. Cuesta mucho convencerte a ti misma que, aunque haya otros que lo hagan mejor, puedes hacerlo tú también. Que no necesitas ser la mejor para hacer algo.

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