Prólogo (I): Emma [Los besos de Emma]

Al final me he decidido. No sé muy bien por qué, no sé muy bien cómo, pero me he decidido. Aquí tenéis la primera parte del prólogo de ‘Los besos de Emma‘. Así que mientras me decido si subirla o no a Wattpad, si me merece la pena que se pierda entre la cantidad de historias sobre grupos de música y mensajes de whatsapp, aquí la tenéis. Disfrutadla. Sentidla. Enamoráos de Emma (que yo creo que ya lo estoy haciendo).

Aviso: 18+ En este relato hay escenas de sexo explícitas. Si dedices leerlo es bajo tu propia responsabilidad y, si no te gusta encontrarte con ese tipo de escenas, no me digas que no te avisé.

Disclaimer: imagen destacada hecha por mi amigo y artista Juan ❤

Originalmente publicado aquí. También podréis encontrarla aquí y aquí.

#1
Emma

Emma era una de esas chicas que sólo crees que te encontrarás en novelas edulcoradas para adolescentes, en comedias románticas de sábado por la tarde. Emma era una de esas chicas que crea planos imposibles a contraluz con la puesta de sol. Emma era una de esas chicas que sigues en una red social sin saber muy bien quién es, pero con la falsa ilusión de que la conoces de toda la vida.

Con la excepción, claro, de que yo a Emma la conocía. Y la conocía tan bien que, a veces, casi me daba vértigo.

Emma era una chica de pelo castaño, largo, liso y enredado, gafas de pasta y pendientes dispares. Emma era una de esas chicas de rodillas huesudas y piernas largas, que se perdían más allá del dobladillo de la falda.

A Emma la piel le sabía a albaricoque y a verano. A Emma los suspiros le sabían a tabaco y a cerveza. A Emma los besos le sabían a ‘te echo de menos’ que nunca había dicho a quien debía.

A mí, por lo menos, jamás me lo dijo.

#2
Viento

El día que la conocí hacía viento. Era pleno julio, pero la tarde se había levantado juguetona de la siesta. Emma llevaba una falda negra, que se mecía con el aire y dejaba ver sus delgadas piernas, ligeramente tostadas por el sol. Parecía una adolescente, plantada junto a su madre mientras se comía un helado de menta, aunque yo sabía que hacía años que había superado la veintena.

Me miró de forma pícara, con una mezcla de lujuria e inocencia que me volvió loca y me costó olvidar. Intenté que el titubeo y la repentina excitación que me subió hasta la boca del estómago no se notara mientras hablaba. Al fin y al cabo, era la hija de una de mis amigas de la facultad. Podía ser mi propia hija.

Intenté olvidarlo. Cuando nos despedimos en medio de la calle, después de tener una conversación insulsa sobre cómo se portaba la vida, intenté que la mirada traviesa de Emma no me persiguiera. Intenté que la expresión de su rostro, que pensaba que había malinterpretado, se quedara en la puerta y no entrara en mi pequeño apartamento.

Por supuesto, no conseguí nada.

Me metí en la cama y ahí estaban sus ojos pardos, mirándome en la oscuridad. Ahí estaba su falda flotando con el viento juguetón, sus largas piernas morenas, casi brillantes. Podía casi sentir su tacto suave bajo mis manos desnudas. Podía hasta saborear el helado cuando me imaginaba a mí misma lamiéndole los restos de la comisura de los labios. No me gustaba el helado de menta, pero tenía la sensación de que si lo tomaba de su boca podía llegar a quererlo.

Esa noche fue larga. Hacía calor y una sofocante brisa agitaba la cortina de mi habitación. La sábana me sobraba, la camiseta que usaba de pijama me sobraba. El recuerdo tergiversado de la mirada de Emma me recalentaba por dentro y me impedía dormir.

Habría sido fácil sucumbir. Habría sido fácil deslizar la mano por mi estómago, juguetear brevemente con la goma de mis bragas, colar los dedos dentro de ellas, aliviarme, conseguir un par de horas de sueño. Habría sido lo más sencillo, pero eso implicaba reconocer ante mí misma y ante mi cama vacía que Emma era superior a mis fuerzas, incluso el mismo día que la había conocido. Y era algo que no quería hacer porque, tal y como me repetía hasta la saciedad, era la hija de una antigua amiga.

Quizá hubiera sido todo mucho más fácil si aquella noche hubiera sabido que acabaría cayendo, tarde o temprano.

#3
Completamente imprevisto

Emma sujetaba el cigarro con dos dedos y con el resto agarró el botellín de cerveza para dar un leve sorbo, los labios una o perfecta alrededor de la boca de vidrio. Cruzaba las piernas, piel contra piel, y dejaba que el cigarrillo, ajena a que la miraba desde la esquina de la calle, se consumiera poco a poco. Y yo, todavía indecisa, todavía sin saber qué esperar de todo aquello, la observaba.

El mensaje había llegado a las cuatro de la madrugada, completamente imprevisto. A esa hora ya había renunciado a conciliar el sueño y, simplemente, dejaba que los minutos se deslizaran poco a poco mientras fantaseaba con los ojos abiertos. Me giré hacia la mesilla donde descansaba el móvil, esperando algo que me distrajera en el insomnio.

En la pantalla, un número desconocido y un par de frases.

Julia, soy Emma. Le robé el móvil a mi madre para conseguir tu teléfono. ¿Qué tal?

Mentiría si dijera que aquello no alimentó mis fantasías durante el resto de la noche. Tragué saliva e intenté convencerme a mí misma de que realmente estaba despierta y de que aquello no era un sueño de mi mente desquiciada por el verano y un cuerpo bonito.

No. No lo era.

Pasamos el resto de la oscuridad nocturna intercambiando mensajes, hasta que las primeras luces del alba empezaron a entrar por las rendijas de la persiana. La habitación ya tenía un mortecino tono azulado cuando recibí el último mensaje, la trampa definitiva:

¿Nos vemos mañana?

Me acerqué a ella, sintiéndome como una maldita quinceañera ante su primera cita. Las rodillas me temblaban y el corazón me galopaba dentro del pecho. Seguro que debía tener las mejillas ruborizadas, como una cría a punto de perder la virginidad. Qué patética era.

Me senté frente a ella, sin decirle nada. Alrededor de su rostro, una nube de espeso humo flotaba en el aire, con un intenso olor a marihuana. Rodeándonos, la gente charlaba animadamente entre cervezas y aceitunas; entre nosotras, se instalaba el humo y el silencio. Volvió a coger el botellín y se lo llevó de nuevo a la boca para a penas mojarse los labios. Sentí un deseo repentino de ser aquella cerveza, de ser aquel cigarro. Quería beberla, que me bebiera, que me fumara hasta hacer de mí una colilla aplastada en la acera.

Ni siquiera habíamos intercambiado un par de palabras. No quería imaginarme cuando le rozara la piel por primera vez.

#4
Curiosidad

Como ladronas que esperan a que el edificio quede completamente vacío y en silencio para entrar a robar, nosotras esperamos al anochecer, al momento apropiado, sentadas en la terraza del bar. La gente fue cambiando a nuestro alrededor, las voces que nos rodeaban se tornaron más agudas, más graves, más intensas, más chillonas, según pasaba la tarde.

Emma se lió otro cigarrillo con olor a hierba cuando el sol empezaba a resbalar por el cielo. Yo me emborraché como un par de cervezas y unos pocos tragos de sus oscuros ojos pardos. A la mañana siguiente, cuando me pregunté a mí misma de qué habíamos hablado durante toda la tarde fui incapaz de recordar una sola palabra, un solo tema de conversación. De lo que sí me acordaba era de su carcajada fresca, de su sonrisa sincera, de su cruzar y descruzar de piernas, de su ombligo al aire, de sus labios suspirando el humo del porro.

Cuando se hizo de noche, nos fuimos de allí. Vagamos por las calles empedradas y vacías del centro. No dijimos nada. Yo, por lo menos, era incapaz de pronunciar palabra. Sólo podía pensar en el menudo cuerpo de Emma moviéndose a mi lado y en la única pregunta sin respuesta que me seguía rondando en la cabeza.

-¿Por qué quisiste quedar conmigo? –pregunté.

Nuestros pasos resonaban en el empedrado. La miré de reojo y ella se limitó a encogerse de hombros.

-Me pica la curiosidad –su voz fue prácticamente un susurro.

-¿Curiosidad?

-Vi cómo me miraste ayer. También vi cómo intentaste disimular –una media sonrisa divertida asomó a las comisuras de sus labios. Un repentino calor me subió por la garganta-. Mi madre no se dio cuenta o, si lo hizo, sabe disimular mejor de lo que pensaba.

Y yo que creía que había sabido ser discreta.

-¿Y de qué tenías curiosidad?

Como única respuesta, sus dedos rozaron mi piel y su mano agarró mi muñeca, tirando levemente de mí hasta que nos detuvimos la una frente a la otra en medio de la calle en penumbra. Su rostro, parcamente iluminado por la luz anaranjada de las farolas, me miró. Sus ojos, todo iris que se confundía con pupila, se clavaron en los míos. Una corriente eléctrica me recorrió entera desde el punto en el que los dedos de Emma reposaban sobre mi brazo.

No necesitaba palabras. Tenía la respuesta delante de mí y me estaba mirando con la misma expresión a mitad de camino entre la picardía y la inocencia que la tarde anterior.

Levanté la mano que Emma no sujetaba y procurando que mis dedos rozaran, como sin quererlo, su rostro, le aparté el pelo de la cara para metérselo detrás de la oreja. Me entretuve con el mechón, para después dejarlo caer sobre su hombro, sobre su pecho.

No se apartó.

De hecho, se acercó. Tanto, que nuestras respiraciones se convirtieron en una, en boca ajena.

#5
Ahora, Emma

No había tocado a ninguna mujer. Al menos, no de la manera en la que toqué a Emma aquella noche: como si se fuera a romper, como si fuera un jarrón de cristal de Bohemia. No quería que se me cayera de las manos, no quería que se me resbalara de entre los dedos y se hiciera añicos.

Había tocado a mujeres antes, por supuesto. En la universidad había hecho mis descubrimientos. Eva, qué apropiado, fue la primera y todavía permanecía muy viva en el recuerdo, con sus manos expertas guiando a las mías, torpes, por un cuerpo desconocido. Verónica había venido después, con sus caderas de ébano. Pero aquella era una historia que no quería recordar.

Tras ellas, otras; ahora, Emma.

En la penumbra de mi cuarto, entrada ya la noche, Emma me dio la espalda. No quise encender la luz; quería ver brillar su piel por el sudor en la oscuridad azulada que se colaba por los huecos de la persiana. Quería ver su rostro contraerse en las sombras. Quería ver su cuerpo teñido de azul y placer.

Me acerqué a ella y alcé una mano para tomar la cremallera de la holgada blusa. El pelo le caía en una maraña enredada por el hombro. Giró la cabeza para mirarme y, en la penumbra, me pareció ver que sonreía y se mordía ligeramente el labio inferior. Tiré ligeramente y la cremallera empezó a bajar. Lentamente, disfrutando de su espalda quedándose poco a poco más y más desnuda.

No llevaba sujetador. Cuando me deshice de la blusa y esta cayó al suelo con un susurro, la tomé suavemente de los hombros y la atraje hacia mí. Piel contra ropa, la tela me sobraba. Quería sentirla sobre mis pechos desnudos, quería arrancármelo todo y arrancárselo a ella. Ropa, piel y gemidos. Todo. Le besé la curva del cuello y noté como se estremecía ligeramente y dejaba más carne para mis labios. Lamí. Mordí. Emma abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella.

Bajé mis manos por sus brazos. Le acaricié los dedos con los míos, el interior de las muñecas mientras seguía besando. Pasé a las piernas El escaso pantalón vaquero me sobraba también. No quería nada sobre su piel excepto la mía.

Subí por sus caderas, me entretuve en la redondez de su ombligo, haciendo dibujos con las yemas de los dedos en su erizado estómago. Trepé por las costillas, escalando una a una, me instalé en sus pequeños pechos, seguí besando el cuello, me tropecé con sus pezones. Intencionadamente. Una y otra vez.

Un leve gemido.

-Julia –su voz atragantada, un susurro ronco.

Detuve mis dedos sobre sus pezones, detuve mi lengua sobre su trapecio. No pude detener el latir galopante del corazón dentro de mi sexo. Sólo quería pegarme a ella, beber de ella, saborear más de ese verano que tenía instalado en la piel.

Cogió mi mano y la guio a través de la piel de gallina de su tripa y la coló por la frontera de los vaqueros, por la goma de unas braguitas que, de momento, sólo podía imaginarme, por su pubis suave. Colocó mis dedos sobre ella, sobre su centro. Estaba ardiendo y ella también. Me moví dentro de la apretada tela del pantalón mientras ella se pegaba tanto a mí que parecía que fuera a atravesarme de lado a lado cuando, en realidad, ya lo había hecho.

Volvió a gemir.

Y de nuevo.

Y otra vez.

Cada gemido más alto, más ronco; a cada gemido, más temblor.

Hasta que se deshizo entre mis manos, hasta que se estremeció en un último y estertóreo jadeo que le salió desde lo más profundo del pecho que yo seguía acariciando.

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5 comentarios en “Prólogo (I): Emma [Los besos de Emma]

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