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El vestido que siempre me hubiera gustado ponerme

Escribí un relato con relación a esto y está aquí publicado

El otro día me compré un vestido que mi yo de hace un par de años ni habría soñado con probarse en la tienda. Es un vestido gris, de punto fino, pegado al cuerpo y largo hasta la rodilla. Muy ajustado, casi como una segunda piel. De estos vestidos que siempre me hubiera gustado tener en el armario y que nunca había tenido por, simplemente, creer que no tenía un cuerpo para lucirlo.

Con el tiempo (y el apoyo de mis amigos, para qué vamos a negarlo) me he ido dando cuenta de que eso es una chorrada. De que si te gusta una prenda de ropa (o un color de pelo, o un color de labial, o un ingrediente concreto para la pizza aka PIÑA) no deberías preocuparte por el “no me sienta bien“, “voy a hacer el ridículo“, “todo el mundo me va a mirar y me va a juzgar“. He aprendido que los demás dan igual, que lo que importa es que tú te sientas cómoda en tu propia piel porque, al fin y al cabo, es la que siempre vas a llevar puesta, te guste o no.

Pero no siempre ha resultado tan fácil.

Como mujer, siempre me he visto presionada por los estándares de belleza que nos imponen, como un sambenito impreso en las revistas de moda. Y como mujer no normativa esa presión se ha convertido, en más ocasiones de las que me gustaría reconocer, en odio hacia mi propio cuerpo.

Al margen de lo que consideren los que me conocen, me miro al espejo y no veo a una chica guapa, a una chica con buen cuerpo. De cara me considero bastante normalilla, tirando a meh; aunque bueno, me gustan mucho mis ojos. Por lo demás, no me puedo llamar a mí misma chica delgada, porque no lo soy. Tengo caderas anchas, muslos gruesos, piernas cortas, barriguita, mollas por cada parte de mi cuerpo, pechos grandes… No es un cuerpo para nada normativo y nunca he estado especialmente a gusto dentro de él.

Siempre lo he pasado mal con respecto a mi cuerpo. Siempre era la menos guapa de mis amigas, la que tenía un peor cuerpo, la chica con la que los chicos no quería ligar. Años y años de sentirte menos apreciada por cómo te ven físicamente acaba afectando y llegas a tu edad adulta sintiendo verdadero desprecio por esa imagen que ves en el espejo.

Las espectativas que tienes a nivel social pendiendo sobre tu cabeza tampoco ayudan. Ver películas, ver series, ver fotografías y no verte acaba haciendo daño. No ver tus caderas, no ver tus pechos, no ver tus mollas, tus estrías. La cabeza te dice que gente como tú existe, que lo que ves en las revistas, en los artículos periodísticos, en los catálogos no es realmente así, pero cuando te miras en el espejo sólo puedes oír una palabra.

Gorda.

Estás gorda.

Estás gorda y no gustas.

Estás gorda y no eres deseable.

Tal y como yo lo veo, tenía dos opciones: o seguir por el camino por el que estaba yendo y hundirme más en mi propia mierda y en mi propio odio hacia mi propio cuerpo (con el que tengo que convivir el resto de mi vida)… O bien cambiar de actitud; aceptar que mi cuerpo es el que es, que puedo cambiarlo adelgazando, pero que también puede engordar. Y que por mucho que adelgace, tengo una genética y unos huesos que son los que son. Que esto no es ningún tipo de excusa, pero que por mucho que lo intente, nunca voy a ser una de esos modelos de revista con un cuerpo normativo. Que por mucho que adelgace, nunca voy a entrar en una 38 (y menos la 38 de ahora).

Acabé aceptando la segunda opción porque la primera no era viable. Quizá era la más cómoda y la que menos esfuerzo me requería, pero también era la más dañina y la más cansada. Odiarte cuando te miras en cualquier espejo agota. Y aunque el trabajo que hay que hacer para dejar de odiar y empezar a querer la imagen que te devuelve ese trozo de cristal también cansa, la recompensa al verte y no querer arrancarte la carne a pedazos es más que suficiente.

Sigo teniendo días malos. Claro que sigo teniendo días malos. Días en los que me levanto, me miro al espejo y sólo puedo pensar palabras de desprecio para con mi carcasa de piel y grasa. Pero también hay días en los que me miro al espejo y veo a una chica que, aunque dista mucho de tener un cuerpo perfecto, se quiere a sí misma con sus altibajos. Abraza sus mollas, sus pechos grandes, sus mofletes y sus estrías.

Por eso me compré ese vestido que siempre había querido tener en el armario. Quizá no sea la persona a la que mejor le queda y seguramente no sea el tipo de vestido que mejor me siente. Pero me da igual. Me lo probé, me miré en el espejo y dije mentalmente “a la mierda“. Me veía estupenda. Con esas mollas, esos pechos y esos muslos. Y lo único en lo que pude pensar fue en que las razones para comprarme una falda de tubo roja habían aumentado un poquito más y en que mientras yo me viera estupenda, los demás posiblemente también lo harían.

Que, por cierto, el otro día me puse el vestido. Una vez superado el pánico inicial de salir a la calle, me dije a mí misma que me iba a comer la noche. Y acabé bailando con mis amigos hasta las cinco de la mañana.

Moraleja: que te la sude todo.

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2 thoughts on “El vestido que siempre me hubiera gustado ponerme”

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