52 retos LiterUp 2018

Reto #5 – La reina y la gema

5. Te toca escribir un relato de fantasía épica


Abrió el libro por donde lo había dejado la última vez y, haciendo caso omiso de los gritos que le llegaban desde el patio del refugio o de la ventisca silbando en las ventanas arregladas con cinta aislante, siguió leyendo.

 

***

 

La reina se levantó de su trono. Los magos se le quedaron mirando con expresión ceñuda y preocupada; después de lo que le habían dicho, de la información que había llegado desde la frontera, era difícil prever la reacción de la soberana.

El Salón Real estaba en completo silencio; ni una respiración se oía, a pesar de que estaba atestado con consejeros y guerreros que observaban cada movimiento de la reina y que esperaban con ansias una palabra suya.

Entonces ella, ignorando los cientos de ojos que se posaban sobre su figura, echó a andar, bajando los escalones del trono mientras se recogía el vestido para no tropezarse. Los asistentes al Salón Real se hicieron a un lado cuando la reina llegó al pie de las escaleras y la dejaron pasar, inclinándose levemente ante ella.

Cuando llegó a las sólidas dobles puertas de metal, se abrieron como si ella no hubiera tenido más que desearlo. Entonces, se giró hacia la audiencia, buscando un rostro, unos ojos concretos, que le devolvieran la mirada. Cuando los halló, sonrió.

—Bueno —habló. Su voz retumbó en el techo de la enorme sala en silencio—. Esos asquerosos traidores a la magia no se van a encarcelar solos, ¿no? Tendremos que hacer algo.

 

***

 

—¡Sophie! —gritó una voz en el pasillo.

Se sobresaltó. No esperaba que su madre fuera a buscarla al desván del refugio donde solía esconderse para buscar pequeños tesoros entre las cajas de todos los residentes. De hecho, si le hubieran preguntado, hubiera respondido muy convencida que su madre no tenía ni idea de que ella pasaba el tiempo entre esas viejas cajas de cartón que se pudrían por la humedad que entraba por los cristales rajados.

—¡Sophie, venga! ¡Sal ya! —La voz se acercaba por el pasillo y ella, sin saber muy bien qué hacer, cerró el libro de golpe y corrió por entre el laberinto de estanterías—. ¡Mamá y los demás se van de expedición! ¿No me vas a desear buena suerte?

La puerta del desván chirrió cuando se abrió para dejar pasar a su madre.

—Sophie, cielo, sé que estás aquí.

Sabía que no podía esconderse de su madre. No por nada era la mejor rastreadora del refugio.

Así que salió de su escondite tras unas cajas de cartón y saltó hacia ella.

—¡Ah, ahí estás! —exclamó su madre, poniéndose de cuclillas para quedarse a la altura de su hija.

Cicatrices rosadas le cruzaban el rostro; todavía no habían terminado de curar las heridas que aquel animal salvaje le había provocado en la última expedición. Se suponía, claro, que Sophie no tenía ni idea de aquella historia, pero había escuchado a hurtadillas cómo su madre, con unas pocas copas del licor casero de Mae de más, fanfarroneaba en el comedor sobre cómo había sobrevivido por poco a los zarpazos de aquel animal que parecía un oso y que le había destrozado la máscara y parte del rostro con un solo gesto. Y no había pasado ni un mes de aquello… y ya se la volvían a llevar. Era injusto.

—¿Por qué tienes que volver a marcharte? —preguntó Sophie, cruzándose de brazos frente a su madre.

—Porque soy la mejor, ya lo sabes. Sin mí, se perderán y morirán. ¿Quieres eso?

Sophie negó con la cabeza y dejó caer los brazos a los laterales de su cuerpecito.

—Prométeme que volverás —le dijo, como le decía siempre.

—Prometido —respondió su madre. Acto seguido, ambas se dieron un abrazo demasiado corto. Cuando se separaron, Carol revolvió con cariño el pelo corto de su hija—. Venga, ahora vuelve a lo que estabas haciendo. ¡Y haz caso a Mae!

Sophie asintió y, cuando su madre salió por la puerta del desván, volvió a recuperar el enorme libro.

 

***

 

El caballo estaba cansado; lo notaba entre sus piernas. Cabalgaba casi renqueando por entre las ramas bajas y raíces del Bosque Negro y ella temía que se fuera a desplomar de un momento a otro, agotado, incapaz de seguir. Pero no podía permitirse parar. No en ese momento, en el que las tropas de los magos oscuros se aproximaban a la frontera y cientos de brujas enfadadas la perseguían por el bosque, intentando recuperar lo que les había arrebatado.

Si se detenía, si su caballo se caía, si no conseguía salir del Bosque Negro a tiempo, moriría.

Y, con ella, toda su nación.

 

—¡¿Dónde diablos está Nyara?! —bramó la reina, dentro del pabellón de telas de colores. Golpeó con fuerza la mesa donde, en un mapa, sus generales habían intentado hacer un plan de la batalla que estaba por suceder. Sin embargo, si Nyara no llegaba pronto, bien podían rendirse ya, pues no tendrían ninguna posibilidad.

Uno de los magos se adelantó un paso, retorciéndose las manos con nerviosismo.

—Estará al caer, mi reina.

—Más la vale. —Furiosa, cogió una copa de vino y la apuró de un solo trago—. Maese Vim. —Parecía que el alcohol le había tranquilizado levemente, aunque su voz seguía siendo dura. El mago se sobresaltó cuando oyó su nombre y la miró durante un segundo antes de agachar la cabeza y clavar los ojos en el suelo de hierba rala—. ¿Qué posibilidades hay de que ganemos sin la gema?

—Pocas, mi reina —dijo, después de aclararse la garganta—. El Señor de Azur es una deidad poderosa, mucho más que nuestra Señora de la Luz, y tienen muchos más magos oscuros insuflándole poder. Me temo que para que vos venzáis, muchos magos de nuestro bando han de morir; solo con la muerte de un mago se libera tanto poder, mi reina, lo sabéis.

La reina chasqueó la lengua. Maese Vim había comentado algo sobre qué, si ella quería encarnar a la Señora de la Luz para vencer al Señor de Azur sin la gema, debía canalizar la energía de la muerte de cientos de magos y que incluso eso no le aseguraba la victoria. Podía, incluso, matarla a ella misma y entonces todo había sido para nada. Los magos oscuros se apoderarían de sus tierras y el Señor de Azur se haría con el poder; todas las muertes, todo el esfuerzo habría sido el balde… No. Aquella opción no merecía la pena, nunca lo había hecho. Sin embargo, en ese instante, Nyara no llegaba y en momentos desesperados se tomaban medidas desesperadas.

—Si Nyara no llega pronto, me temo que será la vía que tengamos que tomar, maese Vim.

La frase se quedó pendiendo en el aire, mientras la reina se daba la vuelta y rellenaba la copa de vino. A sus espaldas, los generales y los magos que permanecían en el pabellón junto a ella, intercambiaron miradas preocupadas.

El trote de un caballo les hizo salir de su ensimismamiento y volverse hacia la entrada del pabellón. La reina oía su corazón latirle en los oídos y el estómago le dio un vuelco. Tenía que ser Nyara, no podía ser otra persona. Aflojó la mano que sujetaba la copa cuando se dio cuenta de que los relieves del metal se le estaban clavando en la piel y sus propias uñas habían empezado a hacerle heridas.

La tela se abrió de repente y una figura desaliñada y jadeante entró, trastabillando, al interior del pabellón. Tenía las calzas desgarradas y la camisa rota dejaba ver un escote blanco y pecoso. Ramitas minúsculas se le habían enredado en el cabello y tenía la piel cubierta de polvo y arañazos que todavía sangraban. Pero, con todo, era Nyara.

—Por fin… —dijo ella, intentando hablar por encima de su aliento entrecortado, pero antes de que terminara la frase, la reina había avanzado hacia ella, dejando caer la copa de vino al suelo, y se había colocado a un palmo escaso de su rostro. La miraba con expresión dura y el ceño fruncido—. Tengo la gema, Ellyra, no me mires así.

La reina cogió el rostro de la muchacha entre sus manos y la atrajo hacia sí, estampándole un beso violento y hambriento en los labios; los generales apartaron la mirada.

—Entonces, vamos. Tenemos un señor oscuro que matar —dijo la reina, cuando se separó de los labios de Nyara.

 

***

 

Sophie oyó jaleo en el patio del refugio. Posiblemente serían un par de chavales que se estuvieran peleando; era bastante común. No dejaba de ser una manera de pasar el rato y no perder la forma, o eso decían los adultos. Mientras no llegara la sangre a la nieve…

Ni siquiera se asomó por la ventana. Había visto demasiadas de esas peleas estúpidas como para sorprenderse por otra y, además, llegaba su parte favorita del libro. Lo había leído decenas de veces, pero jamás se cansaba de aquella escena. Así que, suspirando, volvió la vista a la página.

 

***

 

La reina se despojó de su túnica blanca, quedándose completamente desnuda en lo alto de la colina. A sus espaldas, cientos de magos y soldados la observaban. Su cuerpo pálido resaltaba contra el cielo encapotado que amenazaba tormenta. Su piel parecía brillar con luz propia.

Uno a uno, los magos se fueron arrodillando. Cerraron los ojos y empezaron a recitar una letanía que a Nyara le sonaba completamente desconocida, pero que parecía una nana extraña. Agarró con fuerza la empuñadura de su espada corta y esperó, como le habían dicho que tenía que hacer, con los ojos clavados en Ellyra. La reina, por su parte, de pie en medio de la oscuridad de un día gris, observaba con el ceño fruncido la gema que tenía en la mano. Era una simple piedra blanca, irisada y redondeada por el paso del tiempo. La movía entre los dedos, jugaba con ella, sin decidirse del todo.

Nyara apretó la mandíbula. Tenía que hacerlo ya.

Entonces, un rugido partió en dos el aire, sobresaltando a todo el mundo. Solo los magos permanecieron impasibles, recitando su letanía eterna.

«Ellyra, venga ya», pensó Nyara, con el corazón latiéndole en la garganta; vomitaría de un momento a otro si la reina no actuaba.

La mujer alzó la cabeza con un único movimiento brusco y después, apretando la gema en el puño cerrado, se la estampó en el pecho. Nyara sabía que habría abierto una herida y que se le habría clavado en la piel, extendiendo por sus venas pequeños hilillos de piedra iridiscente; o eso, por lo menos, era lo que decían las leyendas que sucedería. Desde su posición, sin embargo, no podría ver si era cierto.

Tragó saliva. Ante ella, Ellyra había empezado a brillar con una luz sobrenatural y tan blanca que hacía daño en los ojos. Había abierto los brazos y echaba la cabeza hacia atrás. Una especie de figura hecha de luz comenzaba a tomar forma sobre ella y a su alrededor.

Y cuando habló, lo hizo con una voz de ultratumba que no era la suya.

—Preparaos, mortales, para la Luz.

 

***

 

—¡SOPHIE! —bramó una voz en el pasillo que llevaba a la puerta del desván, seguida del ruido de unos pies que corrían sobre el suelo medio podrido.

Ella dio un bote en el suelo; no era la voz de su madre.

Giró la cara hacia la puerta y esta se abrió de golpe, dejando pasar a Mae. Jadeaba. Ni siquiera hizo falta que la mujer dijera nada. Había oído los gritos en el patio. Sabía lo que había sucedido. Sabía que su madre, sin quererlo, había roto su promesa.

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