52 retos LiterUp 2018

Reto #10 – Persecución

10. Describe una pesadilla que hayas tenido, pero en tercera persona. Y sin expresar sentimientos. Ah, se me olvidaba: es de terror.


Me perseguía. Notaba su aliento en mi nuca, caliente, húmedo. Pero cuando me daba la vuelta, no estaba ahí.
Me perseguía. Estaba convencida de ello. Aunque no la viera, sabía que estaba ahí.
Me perseguía. Y, fuera como fuera, tenía que escapar de ella.

Las calles por las que corría estaban vacías. En silencio. Las farolas dibujaban círculos perfectos en el asfalto en el que retumbaban mis pisadas. Volutas de vaho escapaban de mi boca y yo las iba dejando atrás según avanzaba, corriendo, por la carretera desierta. Nadie se asomaba a mirar por las ventanas de luces extinguidas; tampoco era como si estuviera gritando a mi paso.
Nadie sabía que yo estaba ahí.
Nadie sabía que ella me perseguía.
Así que seguí corriendo.

La puerta estaba abierta y, sin pensármelo dos veces, entré. La cerré, de eso estoy segura.
Casi segura.
Busqué un lugar donde esconderme. Los armarios parecían cerrados, las puertas del pasillo llevaban a habitaciones vacías, desnudas, sin siquiera unas cortinas tras las que ocultarse. Notaba el corazón latirme a toda velocidad, los músculos agarrotados. Oía mi propia respiración retumbar en las paredes sin cuadros y recuerdo pensar que estaba respirando demasiado alto. Mi aliento escapaba por entre mis labios en silbidos delatores.
Contuve la respiración. Pero posiblemente fue demasiado tarde.
Porque fui consciente de su presencia unos segundos más tarde.
Estaba ahí.
Estaba ahí, estaba segura.
Estaba ahí; me había dado alcance.
Me giré.
La puerta estaba abierta.

El suelo estaba duro cuando caí sobre él. Me golpeé la cabeza contra la madera y un dolor penetrante me atravesó el cráneo.
No grité. Creo.

No la veía. De alguna manera, sabía que estaba encima de mí, tumbada, apretándome contra el suelo con su cuerpo invisible. Pero no la veía. No podía tocarla, no podía apartarla, no podía pegarle un puñetazo en la nariz y empujarla a un lado.
Un viento frío me rozó los labios. Supe que me estaba besando. «Qué extraño beso, el de la muerte», recuerdo que pensé.
Y entonces, el aliento escapó de golpe de mis pulmones.

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